lunes, 2 de enero de 2012

TOMADO DE LA "ECCLESIE EUCHARISTIE" DE JUAN PABLO II

¿Cómo no dar gracias al Señor, en particular, por la contribución que al arte cristiano han dado las grandes obras arquitectónicas y pictóricas de la tradición greco-bizantina y de todo el ámbito geográfico y cultural eslavo? En Oriente, el arte sagrado ha conservado un sentido especialmente intenso del misterio, impulsando a los artistas a concebir su afán de producir belleza, no sólo como manifestación de su propio genio, sino también como auténtico servicio a la fe. Yendo mucho más allá de la mera habilidad técnica, han sabido abrirse con docilidad al soplo del Espíritu de Dios.

El esplendor de la arquitectura y de los mosaicos en el Oriente y Occidente cristianos son un patrimonio universal de los creyentes, y llevan en sí mismos una esperanza y una prenda, diría, de la deseada plenitud de comunión en la fe y en la celebración. Eso supone y exige, como en la célebre pintura de la Trinidad de Rublëv, una Iglesia profundamente « eucarística » en la cual, la acción de compartir el misterio de Cristo en el pan partido está como inmersa en la inefable unidad de las tres Personas divinas, haciendo de la Iglesia misma un « icono » de la Trinidad.

En esta perspectiva de un arte orientado a expresar en todos sus elementos el sentido de la Eucaristía según la enseñanza de la Iglesia, es preciso prestar suma atención a las normas que regulan la construcción y decoración de los edificios sagrados. La Iglesia ha dejado siempre a los artistas un amplio margen creativo, como demuestra la historia y yo mismo he subrayado en la Carta a los artistas.(100) Pero el arte sagrado ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia y según las indicaciones pastorales oportunamente expresadas por la autoridad competente. Ésta es una consideración que vale tanto para las artes figurativas como para la música sacra.

A propósito del arte sagrado y la disciplina litúrgica, lo que se ha producido en tierras de antigua cristianización está ocurriendo también en los continentes donde el cristianismo es más joven. Este fenómeno ha sido objeto de atención por parte del Concilio Vaticano II al tratar sobre la exigencia de una sana y, al mismo tiempo, obligada « inculturación ». En mis numerosos viajes pastorales he tenido oportunidad de observar en todas las partes del mundo cuánta vitalidad puede despertar la celebración eucarística en contacto con las formas, los estilos y las sensibilidades de las diversas culturas. Adaptándose a las mudables condiciones de tiempo y espacio, la Eucaristía ofrece alimento, no solamente a las personas, sino a los pueblos mismos, plasmando culturas cristianamente inspiradas.

No obstante, es necesario que este importante trabajo de adaptación se lleve a cabo siendo conscientes siempre del inefable Misterio, con el cual cada generación está llamada confrontarse. El « tesoro » es demasiado grande y precioso como para arriesgarse a que se empobrezca o hipoteque por experimentos o prácticas llevadas a cabo sin una atenta comprobación por parte de las autoridades eclesiásticas competentes. Además, la centralidad del Misterio eucarístico es de una magnitud tal que requiere una verificación realizada en estrecha relación con la Santa Sede. Como escribí en la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Asia, « esa colaboración es esencial, porque la sagrada liturgia expresa y celebra la única fe profesada por todos y, dado que constituye la herencia de toda la Iglesia, no puede ser determinada por las Iglesias locales aisladas de la Iglesia universal ».

martes, 18 de enero de 2011

El arte como instrumento de la espiritualidad: la perspectiva

Por Rodolfo Papa*

ROMA, martes 18 de enero de 2011 (ZENIT.org) .- La gran mística de San Francisco, al inicio del siglo XIII, realiza una gran contribución también en la parte artística, revalorizando de fuerte y original manera, la experiencia de la visión como una auténtica experiencia espiritual. Esta innovación forma parte de la renovación generalizada vivida y alcanzada por el Santo de Asís. De hecho en el contexto de la sobriedad austera de la vida monacal, san Bernardo de Chiaravalle, a mitades del siglo precedente, sabiamente exponía su preocupación de que la belleza de las imágenes esculpidas, expuestas en las iglesias, pudiera distraer a los monjes de la meditación sobre las escrituras.

San Francisco, sin embargo, escribe y predica dirigiéndose a todos, cultos e incultos. Propone un tipo de meditación que parte de la contemplación de la creación para llegar a los dolores de la Cruz. Exactamente en tal meditación, aparece la gran innovación artística y espiritual, de la sagrada representación de la Natividad: el Presepe di Greccio. La propuesta litúrgico-espiritual del Presepe coloca en el centro de la experiencia espiritual, el sentido de la vista, como medio eficaz para la contemplación. Además el realismo representativo se convierte en una forma de participación afectiva de los fieles a los hechos narrados en los Evangelios. La vista viene exaltada como un sentido espiritual y la representación artística como un instrumento de espiritualidad
La cuestión de las imágenes se afronta explícitamente en el Capítulo general de la orden franciscana, presidido por Bonaventura da Bagnoregio, en Narbona en 1260; en las Constituciones viene afirmado que las pinturas y las esculturas que decoran las iglesias no deben poseer elementos “superfluos” o “insólitos”. La imagen no debe, por tanto, incitar a la fantasía, o servir al sentimentalismo, sino que debe ser sobrio instrumento de devoción, de meditación y de formación. Como confirmación de esto, asistimos a la floritura, en el interior de las iglesias de toda la orden, de obras artísticas del lenguaje narrativo, rico en detalles realistas: las imágenes, así como el Presepe di Greccio, deben hacer presente el suceso evangélico y, sobre todo, deben ayudar al fiel a estar presente, él mismo, en el sagrado evento.

Una consecuencia clara de este clima artístico, es el retablo del altar que representa San Francesco e sei episodi della sua vita de Bonaventura Berlinghieri, realizado en el 1235 para la iglesia de San Francisco en Pescia; vemos, por tanto, que la característica narrativa es el centro de la representación pictórica, así como la descripción de la naturaleza y de los animales. Este tipo de imágenes se definen en términos pictóricos como el “realismo” narrativo de la Vita Prima, escrita por Tommaso da Celano, que invade las posteriores biografías. El sentido realista de la narración se convierte en una característica de la espiritualidad occidental, y no sólo aparece en el ámbito franciscano y en las artes figurativas: por ejemplo en los Laudes del franciscano fray Jacopone da Todi o también en las Meditationes Vitae Christi, texto ampliamente distribuido, en el que la vida de Cristo narrada en los Evangelios se traduce en imágenes ricas en detalles; también la Legenda Aurea, escrita al final del Duecento por el obispo dominico monseñor Jacopo da Varazze, exprime la necesidad narrativa y se convierte, por otro lado, en un instrumento de realismo artístico, de hecho la Legenda Aurea es, indudablemente, una de las mayores fuentes iconográficas para los artistas durante todo el siglo XVII.

La exigencia espiritual de representar la realidad corpórea y de contar los sucesos históricos, de manera que sirvan para la predicación y la meditación, implican una lenta revalorización del arte a favor de una mayor capacidad mimética. En este contexto artístico y espiritual, el fondo con pan de oro, típico en los iconos bizantinos, destinado hacer presente una dimensión espiritual atemporal, está considerado menos adecuado para la reproducción de los hechos narrados en los textos sagrados. Aparece también la voluntad de representar de manera visible y efectiva la “contemporaneidad” de los fieles con las narraciones evangélicas; por ésto Cristo y los santos aparecen presentes en medio de los fieles y, a su vez, los fieles viven, a través de una dimensión espiritual “afectiva”, una mayor implicación contemplativa.

Este matiz espiritual está presente también en los textos devocionales, y está explícitamente abordado en trabajos teóricos como el Mitrale de monseñor Sicardo, obispo de Cremona, que reflexionando sobre la tridimensionalidad de las esculturas, concluye que ésta, concretamente por sus grandes relieves, son percibidas como algo presente y familiar para los fieles, invitándoles a acciones virtuosas, gracias a su naturaleza. También el dominico Tomás de Aquino fomenta el uso de las imágenes, no sólo como instrumento de formación a los incultos, sino también para provocar en los fieles una mayor devoción. También en el Rationale escrito por un canonista de la curia romana, monseñor Guillelme Durand, obispo de Mende, se explicita que la imagen es superior a la escritura porque implica la participación de la vista.

La complejidad de estos elementos, nacidos en ámbito espiritual y pastoral, son absorbidos por los artistas que colaboran en la construcción de nuevas iglesias y catedrales. La exigencia de representar el mundo real con una adecuada capacidad mimética se traduce en una mayor atención a las luces y sombras para representar mejor los volúmenes de los cuerpos; ésto sucede por ejemplo en la obra de Giotto y de sus seguidores.
Sobre todo la espiritualidad del Duecento implica una particular construcción geométrica del espacio representado, capaz de hacer presente la escena, y es, en este punto, donde aparece la perspectiva. La prueba de este suceso histórico se puede encontrar en la Basílica superior de Asís, en los dos frescos que se interponen cronológicamente entre las decoraciones más antiguas y las intervenciones decorativas de Giotto, como también en los frescor que reproducen Le storie di Isacco.

El autor, conocido como el Maestro di Isacco, realiza, de hecho, una maravillosa representación del espacio, demostrando que posee una técnica compleja de perspectiva. Sólo se encuentra
este modo de concebir el espacio en su contemporáneo Arnolfo di Cambio; una hipótesis fascinante y avanzada a su tiempo (de A. M. Romanini), afirma que el Maestro di Isacco es el mismo Arnolfo, o sea el inventor de la perspectiva moderna. En cualquier caso, lo que resulta patente es que la gran innovación que supone la perspectiva aparece en la pintura por motivos de orden espiritual, para hacer presentes los eventos sagrados y para involucrar a los fieles de la época en los hechos narrados.

(Sobre el mismo argumento se remite a R. Papa en Artedossier, 258 (2009), pp. 68-73)
Traducido del italiano por Carmen Álvarez

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* Rodolfo Papa es historiador de arte, profesor de historia de las teorías estéticas en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma; presidente de la Accademia Urbana delle Arti. Pintor, miembro ordinario de la Pontificia Insigne Accademia di Belle Arti e Lettere dei Virtuosi al Pantheon. Autor de ciclos pictóricos de arte sacro en diversas basílicas y catedrales. Se interesa en cuestiones iconológicas relativas al arte del Renacimiento y el Barroco, sobre el que ha escrito monografías y ensayos; especialista en Leonardo y Caravaggio, colabora con numerosas revistas; tiene desde el año 2000 un espacio semanal de historia del arte cristiano en Radio Vaticano.

martes, 24 de agosto de 2010

Un mundo salvado por la belleza


Por Carl Anderson

EDMONTON, sábado, 21 de agosto de 2010 (ZENIT.org) - Publicamos la intervención que pronunció el caballero supremo Carl Anderson de los Caballeros de Colón al participar como testigo en un encuentro, el 27 de mayo, en la basílica de San José de Edmonton por invitación del arzobispo de esa ciudad canadiense, monseñor Richard Smith sobre el tema "Nada más hermoso: Reencuentro con la belleza de Cristo".

El cuarto muro
Cuando el Arzobispo Smith me mencionó el tema de la serie, "Nada más hermoso: Reencuentro con la belleza de Cristo", no pude evitar pensar en "la belleza salvará al mundo", célebre frase del gran escritor ruso Fiodor Dostoevski.

Y cuando estaba preparando estos comentarios, recordé algo que me dijo el cardenal Joseph Ratzinger poco antes de convertirse en Papa Benedicto XVI. Dijo: "Sentirse impresionado y abrumado por la belleza de Cristo es un conocimiento más real, más profundo que el mero conocimiento racional. ...Debemos redescubrir esta forma de conocimiento, es una necesidad urgente de nuestro tiempo".

En el teatro, los actores a veces se refieren a "romper el cuarto muro". El cuarto muro es el muro invisible entre los actores y la audiencia. Los actores representan la obra mientras la audiencia observa el drama desde su asiento en el teatro. La interacción entre los actores y la audiencia es limitada.

Pero a veces el actor puede dirigirse directamente a la audiencia y a esto se le llama "romper el cuarto muro". Shakespeare usó a menudo este recurso dramático cuando deseaba que un personaje se explicara mejor a sí mismo y explicara sus actos a la audiencia. Cuando esto sucede, la interacción entre el actor y la audiencia alcanza un nivel nuevo y más personal.

En el evento de la Encarnación, diríamos que Dios "rompió el cuarto muro". Al venir a la Tierra encarnado, como un hombre, Cristo entró al mundo, se explicó a sí mismo para nosotros, y con ello hizo posible un nivel nuevo y más personal en el drama de la historia humana, en el drama de la historia de la salvación.

Cristo nos dio la motivación: fue enviado por el Padre para nuestra salvación como la revelación del amor del Padre. En términos del drama divino, no hay momento más grandioso que éste.

En la historia humana y en la vida de todo creyente, tienen lugar momentos similares. Dios rompe el cuarto muro y se nos muestra la belleza de Cristo a un nivel nuevo y más personal.

Esta es una de las bellas afirmaciones del Cristianismo: que Cristo llegó para que pudiéramos emprender una relación nueva y personal con Él.

Cuando pensamos en encontrar a Cristo y en encontrar nuevamente la belleza de Cristo, no necesitamos mirar muy lejos. Esto me quedó muy claro hace unos años, cuando encontré la belleza de Cristo dos veces en un lapso de pocos minutos y de formas muy diferentes.

Primero, lo encontré en la forma de una joven discapacitada físicamente en la Ciudad de México. Yo estaba ayudando a distribuir sillas de ruedas a quienes no podían comprarlas, una de las muchas actividades caritativas de Caballeros de Colón. En esa zona eran tremendas las necesidades de esta gente, combinaciones de daños debilitadores y deformidades de por vida que hacían difícil tan sólo vivir y moverse, y para muchos, incluso imposible. Ese día, una de las beneficiarias de una silla de ruedas era una chica joven. No podía caminar pero poseía un inmensa sonrisa, una grandiosa sonrisa con amor a la vida que iluminaba a toda la gente a su alrededor. Era lo que mucha gente podría llamar "la más pequeña de ellos", pero Cristo se mostró a través de ella.

Unos minutos después, ingresé a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y nuevamente encontré a Cristo: esta vez en el tabernáculo.

Cristo - La Revelación de la Trinidad
Ver la presencia de Cristo de formas tan diferentes - en el rostro de una niña y en la apariencia del pan y del vino - nos conduce a una pregunta: ¿Quién es Cristo?

Lo primero que Marcos el Evangelista nos cuenta acerca de Cristo, es cómo Juan el Bautista preparó al pueblo para recibirlo a través del bautismo. Cuando Juan bautiza a Cristo, se escucha una voz del cielo: "Este es mi amado Hijo, de quien estoy satisfecho". Es la primera vez, en el Evangelio de Marcos en que se proclama a Cristo, y lo proclama el amor del Padre.

Así, una de las primeras cosas que sabemos de Cristo es que es amado por un padre, que proviene de su padre y que su padre se regocija de Él. Que también está ahí el Espíritu Santo, la culminación de la unión del amor.

En este momento, Cristo revela la vida de la Trinidad: Amor, unidad, dicha. Pero en este momento, no solo se revela Cristo.

Aprenderemos que la verdad fundamental de la persona humana también se revela en este momento. Por eso en Gaudium et Spes leemos que:

"En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado...Cristo... en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre. ...Él es la 'Imagen del Dios invisible' (Col 1, 15), el hombre perfecto".

Cristo nos revela que fuimos hechos de amor, estamos hechos para el amor y que nuestra vida es incomprensible si intentamos vivirla sin amor.

La clave es estar abiertos a cómo se nos revela Cristo, y así se nos revela cómo debemos ser verdaderamente humanos.

Nos reveló que Dios es amor y que como todo lo hizo Él, entonces todo tiene significado, belleza y puede redimirse a través del amor.

Cristo nos brinda una visión más clara de las cosas. Podría decirse incluso, un visión interna de las cosas. Las cosas cobran más sentido. Aún hay vida, pero la vida posee un significado, una esperanza de eternidad. Aún existe el matrimonio, pero hoy posee aún más significado, un significado santificador. Aún existe sufrimiento, pero hoy el sufrimiento posee un significado, un compañerismo con Cristo que unió nuestro sufrimiento con su sufrimiento.

Dostoievski - La Belleza que salvará al mundo
Dostoievski tuvo un momento así particularmente memorable en su vida cuando visitó el Kunstmuseum en Basilea, Suiza. Ahí vio una pintura de Hans Holbein el Joven intitulada "El cuerpo de Cristo muerto en la tumba".

Dostoievski y su esposa tuvieron reacciones completamente diferentes ante la pintura. Su esposa estaba horrorizada por "el cuerpo escuálido, que mostraba los huesos y las costillas, con las manos y los pies llenos de heridas".
Pero Dostoievski tuvo una reacción diferente. Así la describió su esposa: "La pintura lo abrumó y se paró frente a ella angustiado... En su rostro agitado había una especie de expresión de miedo que yo había notado a menudo durante los primeros momentos de sus ataques epilépticos. Cuidadosamente tomé el brazo de mi marido, lo llevé a otra sala y lo senté en un banco esperando que tuviera un ataque en cualquier momento. Afortunadamente el ataque nunca llegó. Poco a poco Fiodor Mijailovich se calmó y cuando ya nos íbamos insistió en ver otra vez la pintura que tanto lo había impresionado".

Dostoievski vio en la pintura una profunda realidad. Más tarde, al escribir acerca de la misma pintura en su novela El idiota, la describió así: "Queramos o no, el pensamiento sostiene que la muerte es tan terrible y tan poderosa, que incluso Él, quien la conquistó en sus milagros durante la vida, al final no fue capaz de triunfar sobre ella. Él, que le dijo a Lázaro, '¡levántate y anda!' y el hombre muerto vivió, ahora era presa de la naturaleza y la muerte. Al mirar el lienzo, la naturaleza aparece como algo inmenso, implacable, un monstruo bruto, o mejor aún...una gigantesca máquina de los tiempos modernos que ha agarrado, vencido, aplastado y consumido a un Ser grandioso e invaluable..."

Dostoievski se dio cuenta en ese momento de que la esperanza Cristiana es incomprensible si se separa de su firme encuentro con la realidad de la muerte.

Con esto no solo me refiero a la muerte que ustedes y yo debemos enfrentar inevitablemente o la muerte de un ser amado, sino a la muerte de Jesucristo.

Y es a donde nos conduce cada encuentro con la belleza de Cristo. Se trata de una belleza que el Papa Benedicto XVI describió como "la belleza del amor que llega hasta el final".

La Belleza que es Amor
Es la belleza de Cristo. En 2006, el Consejo Pontificio para la Cultura describió a Cristo como el arquetipo de la belleza de este modo: "La contemplación de Cristo en el misterio de la encarnación y de la redención es la fuente viva a la que el artista cristiano acude para encontrar su inspiración para hablar del misterio de Dios y el misterio del hombre salvado por Jesucristo...'la la belleza del arte cristiano' se caracteriza por su capacidad de pasar desde el interior 'para sí' al 'más que uno mismo'".

Este concepto va más allá de la obra de arte Cristiana. También es verdad en la vida.

Es lo que la joven discapacitada hizo en la Ciudad de México. Mostró una capacidad para vivir algo y mostrar algo más que a sí misma. Las conexiones entre la gente se construyen precisamente así. De hecho, así se construye todo amor.

Cuando las personas viven como cristianas, es decir, como seres humanos amorosos, no solo seguimos el camino de Cristo, sino que viviendo la vida como Cristo, revelamos a los demás quiénes son: seres hechos de amor y para el amor. Hacemos su vida comprensible.

Lo que algunos pueden ver como simple dolor es en realidad algo más que dolor: es una oportunidad para ver y crear belleza. Cuando una persona sufre cerca de nosotros, Cristo está proponiéndonos que la cuidemos, que la visitemos, que la alimentemos. Nos brinda la oportunidad de crear belleza de naturaleza espiritual con esa persona, así como la oportunidad de darnos cuenta que esa belleza espiritual no es superficial, por el contrario, es la forma de belleza más profunda, la más auténticamente humana.

Mucho antes de que Juan Pablo II se convirtiera en Papa, escribió una obra de teatro acerca de Santo Hermano Alberto, el gran artista polaco que abandonó la pintura para fundar una orden religiosa dedicada a los pobres. En la obra, hay una escena en la que el artista está pintando su famoso retrato de Cristo, Ecce Homo. En la pintura describe a Cristo momentos después de ser azotado cuando Pilatos lo entrega a la multitud.

En la obra, el artista le habla a la imagen de Cristo que acaba de pintar:
"Aún eres terriblemente diferente a Él...
Te has esforzado en cada uno de ellos.
Estás terriblemente cansado.
Te han agotado.
Es lo que se llama caridad.
Pero con todo esto has permanecido bello.
El más bello de los hijos del hombre.
Nunca se repitió tanta belleza.
Oh que belleza tan difícil, que dura.
Esta belleza se llama Caridad".

La belleza de Cristo no era la persona maltratada que el artista había pintado, la belleza que retrató era el acto de amor.

Por esta razón la belleza que salvará al mundo - que los salvará a ustedes y a mí - no es una belleza hecha por manos humanas. La belleza lo bastante fuerte para salvar al mundo debe ser una belleza lo bastante fuerte para conquistar la muerte. Debe ser una belleza lo suficientemente fuerte para vencer a la cultura de muerte que crea el mundo.

La Eucaristía - una amistad dinámica y viva
Es la razón por la que los dones que nos da Cristo - la Iglesia y la Eucaristía - son tan importantes. La Eucaristía es la paradoja transformadora, completa. Es transformadora de nuestro ser, pero una paradoja para nuestro pensamiento.

Un objeto totalmente inanimado es la presencia de Dios más completa e inalterada. Algo hecho por las manos humanas - el pan y el vino &ndashse convierte en el don de Dios, que todo lo creó y que nos da nueva forma con la gracia desde dentro.

El hecho es que un amigo no es "genérico". Un amigo es alguien a quien se llega a conocer, alguien que revela algo de sí mismo y que se dirige a lo mejor que hay dentro del otro.

En Corpus Cristi, poco después de ser electo Papa, Juan Pablo II ofreció una bella expresión de esta amistad eucarística transformadora: Dijo:

"Jesús es el amigo que nunca os abandona; Jesús os conoce uno por uno, personalmente; sabe vuestro nombre, os sigue, os acompaña, camina con vosotros cada día; participa de vuestras alegrías y os consuela en los momentos de dolor y de tristeza. Jesús es el amigo del que ya no se puede prescindir cuando se le ha encontrado y se ha comprendido que nos ama y quiere nuestro amor.
Con Él podéis hablar, hacerle confidencias; podéis dirigiros a Él con afecto y confianza. ¡Jesús murió incluso en una cruz por nuestro amor! ¡Haced un pacto de amistad con Jesús y no rompáis jamás! En todas las situaciones de vuestra vida, dirigíos al Amigo divino, presente en nosotros con su "Gracia", presente con nosotros y en nosotros en la Eucaristía."

El camino de cada uno de nosotros hacia Cristo es diferente, y el peregrinaje con Cristo de cada uno de nosotros es exclusivamente personal. A veces es un drástico cambio de vocación, pero con más frecuencia, tiene lugar en las experiencias diarias. Lo que es universal, absolutamente constante en la vida de cada persona, es que Cristo se encuentra con nosotros donde estemos y si estamos dispuestos, Él nos lleva a un nuevo lugar y a una nueva vida, es decir, a un lugar y a una vida más cerca de Él.

Los dos grandes mandamientos
Enfrentar el sufrimiento, como las personas de México o las muchas otras que conocí el mes pasado en Haití, también nos lleva a preguntarnos: ¿Qué tipo de ingenuo impulso podría creer que la "Belleza salvará al mundo?"

También me impresionó lo que la encarnación de Cristo no hizo. Cristo no vino a establecer una nueva red social o realidad política.

Sin embargo, Cristo sí reveló que todo lo hace por amor y da un mandamiento: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado".

Es imposible forzar a alguien a experimentar y a apreciar la belleza de Cristo. No obstante, para que los demás encuentren a Cristo en nosotros, nosotros mismos debemos esforzarnos por seguir a Cristo, ser como Cristo para los demás.

Por esta razón, el reto no termina reconociendo a Cristo. Es solo el inicio.

La pregunta es, ¿qué tanto soy como Cristo en mi vocación, en mi familia, en mi trabajo, en mi comunidad, entre mis amigos y entre los extraños?

Hace unos años, antes de convertirse en papa, hablando con jóvenes en la Catedral de Munster, el Padre Joseph Ratzinger observó que se nos plantea un extraordinario reto. Dijo:

"Porque el amor, como se retrata aquí como la satisfacción de ser cristiano, demanda que intentemos vivir como Dios vive...Él nos ama, no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno.

...Ama incluso en la raída vestimenta del hijo pródigo, que ya no usa nada encantador. Amar en el sentido cristiano significa tratar de seguir este camino".
Al final, esta forma de vida es un asunto de gracia. Es un asunto de perseguir y ser perseguidos por lo que Dostoevski llamó "la belleza que salvará al mundo".

Dostoevski nunca dijo explícitamente lo que quería decir al escribir la "la belleza salvará al mundo". Sin embargo, dio una respuesta en otra ocasión cuando escribió: "Me he formado un Credo en el que para mí todo es claro y sagrado. Es un Credo muy sencillo: creer que nada es más bello, profundo, compasivo, razonable, varonil y más perfecto que Cristo".

Esto - y solo esto - es la belleza que salvará al mundo. Si tenemos ojos de fe, no tenemos problemas para ver a Cristo, sin importar cómo se disfrace.

Y con un corazón que ve a Cristo, no tenemos más respuesta que seguir su respuesta de amor. Y si suficientes cristianos actúan así, realmente el mundo irradiará la belleza de Cristo.

Como escribió Juan Pablo II, "el hombre es tanto artífice de sí mismo como el modelo del gran artista. El hombre es un buen artista cuando se moldea a sí mismo y permite que se le moldee para participar en la redención de Cristo".

Entonces las preguntas que debemos hacernos a nosotros mismos son: "¿Permitiremos que este amor nos moldee?" "¿Permitiremos que la belleza nos moldee?

jueves, 3 de diciembre de 2009

Benedicto XVI a los artistas: La belleza camino hacia Dios


21 de noviembre de 2009
Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres artistas, señoras y señores:

Con gran alegría os doy la bienvenida en este lugar solemne y rico de arte y de memorias. Dirijo a todos y cada uno mi cordial saludo y os doy las gracias haber acogido mi invitación. Con este encuentro deseo expresar y renovar la amistad de la Iglesia con el mundo del arte, una amistad consolidada en el tiempo, dado que el cristianismo, desde sus orígenes, ha comprendido bien el valor de las artes y ha utilizado sabiamente los multiformes lenguajes para comunicar su inmutable mensaje de salvación. Esta amistad debe ser continuamente promovida y sostenida, para que sea auténtica y fecunda, adecuada a los tiempos y tenga en cuenta las situaciones y los cambios sociales y culturales. Este es el motivo de nuestra cita. Doy las gracias de corazón a monseñor Gianfranco Ravasi, presidente del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia, por haberlo promovido y preparado, con sus colaboradores, así como por las palabras que m e acaba de dirigir. Saludo a los señores cardenales, a los obispos, a los sacerdotes y a las distintas personalidades presentes. Agradezco también a la Capilla Musical Pontificia "Sixtina" que acompaña este significativo momento.


Protagonistas de este encuentro sois vosotros, queridos e ilustres artistas, pertenecientes a países, culturas y religiones diferentes, alejados quizá de experiencias religiosas, pero deseosos de mantener viva la comunicación con la Iglesia católica y de no reducir los horizontes de la existencia a la mera materialidad, a una visión reductiva y banal. Vosotros representáis al variado mundo de las artes y, precisamente por este motivo, por mediación vuestra quisiera hacer llegar a todos los artistas mi invitación a la amistad, al dialogo y a la colaboración.


Significativas circunstancias enriquecen este momento. Recordamos los diez años de la Carta a los Artistas de mi venerado predecesor Juan Pablo II. Por primera vez, en la vigilia del Gran Jubileo del Año 2000, ese pontífice, también él artista, se dirigió directamente a los artistas con la solemnidad de un documento papal y el tono amigable de una conversación entre "los que con apasionada entrega --como reza la dedicatoria-- buscan nuevas 'epifanías' de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística". El mismo Papa, hace ya veinticinco años, proclamaba patrono de los artistas al beato Angélico, presentándole como un modelo de perfecta sintonía entre fe y arte. Pienso también en el 7 de mayo de 1964, hace 45 años, cuando en este mismo lugar se realizaba un histórico evento intensamente querido por el Papa Pablo VI para reafirmar la amistad entre la Iglesia y las artes. Las palabras que pronunció en aquella circunstancia resuenan todavía hoy bajo la bóve da de esta Capilla Sixtina, tocando el corazón y el intelecto. "Nosotros os necesitamos --dijo--. Nuestro ministerio necesita vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta misión... vosotros sois maestros. Es vuestro oficio, vuestra misión; y vuestra arte consiste en aferrar del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas, de accesibilidad" (Enseñanzas II, [1964], 313). Era tanta la estima de Pablo VI por los artistas que le llevó a manifestar expresiones verdaderamente audaces: "Y si nos faltara vuestra ayuda -seguía diciendo--, nuestro ministerio se haría balbuciente e incierto, y tendría necesidad de hacer un esfuerzo, diríamos, para ser artístico en sí mismo, es más, convertirse en profético. Para alcanzar la fuerza de la expresión lírica de la belleza intuitiva, necesitarí a hacer coincidir el sacerdocio con el arte" (Ibídem, 314). En aquella circunstancia, Pablo VI asumió el compromiso de "restablecer la amistad entre la Iglesia y los artistas", y les pidió hacer lo propio y compartirlo, analizando con seriedad y objetividad los motivos que habían turbado esa relación, asumiéndose, cada quien con valentía y pasión, la responsabilidad de un renovado y profundo itinerario de conocimiento y de diálogo, de cara a un auténtico "renacimiento" del arte en el contexto de un nuevo humanismo. Aquel histórico encuentro, como decía, tuvo lugar aquí, en este santuario de fe y de creatividad humana. No es por lo tanto casualidad el que volvamos a encontrarnos precisamente en este lugar, precioso por su arquitectura y por sus simbólicas dimensiones, pero, más aún, por sus frescos que lo hacen inconfundible, empezando por las obras maestras de Perugino y Botticelli, Ghirlandaio y Cosimo Rosselli, Luca Signorelli y otros, hasta llegar a Las Historias del Gé nesis y El Juicio Universal, obras excelsas de Miguel Ángel Buonarroti, que aquí dejaron una de las creaciones más extraordinarias de toda la historia del arte. Aquí también resonó con frecuencia el lenguaje universal de la música, gracias al genio de grandes músicos que han puesto su arte al servicio de la liturgia, ayudando al alma a elevarse hacia Dios. La Capilla Sixtina es un singular cofre de memorias, ya que constituye el escenario solemne y austero de eventos que caracterizan la historia de la Iglesia y de la humanidad. Aquí, como sabéis, el Colegio de los Cardenales elige al Papa; aquí he vivido también yo, con trepidación y absoluta confianza en el Señor, el momento inolvidable de mi elección a sucesor del apóstol Pedro.


Queridos amigos, dejemos que estos frescos nos hablen hoy, acercándonos a la meta última de la historia humana. El Juicio Final que destaca a mis espaldas, recuerda que la historia de la humanidad es movimiento y ascensión, es incansable tensión hacia la plenitud, hacia la felicidad última, hacia un horizonte que siempre sobrepasa el presente, aunque lo atraviesa. En su dramatismo, sin embargo, este fresco nos pone ante nuestros ojos también el peligro de la caída definitiva del hombre, amenaza que incumbe sobre la humanidad cuando se deja seducir por las fuerzas del mal. El fresco lanza por lo tanto un fuerte grito profético contra el mal; contra toda forma de injusticia. Pero para los creyentes, Cristo resucitado es el Camino, la Verdad y la Vida. Para quien fielmente lo sigue es la puerta que introduce en aquel "cara a cara", en aquella visión de Dios de la que surge sin limitación alguna la felicidad plena y definitiva. Miguel Ángel ofrece de este modo a nuestra visión, e l Alfa y el Omega, el principio y el final de la historia, y nos invita a recorrer con alegría, valentía y esperanza el itinerario de la vida. La dramática belleza de la pintura de Miguel Ángel, con sus colores y sus formas, se convierte en anuncio de esperanza, invitación potente a elevar la mirada hacia el horizonte último. La relación profunda entre belleza y esperanza constituía también el núcleo esencial del sugestivo mensaje que Pablo VI dirigió a los artistas en la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, el 8 de diciembre de 1965: "A todos vosotros --proclamó solemnemente-- la Iglesia del Concilio os dice con nuestra voz: ¡si sois amigos del verdadero arte, sois nuestros amigos!" (Enchiridion Vaticanum, 1, p. 305). Y agregó: "este mundo, en el cual vivimos, necesita belleza para no precipitar en la desesperación. La belleza, como la verdad, es lo que infunde alegría en el corazón de los hombres, es el fruto precioso que resiste a la degradación del tiempo, que un e a las generaciones y las hace comulgar en la admiración. Y esto gracias a vuestras manos... Recordad que sois custodios de la belleza del mundo" (Ibídem).


El momento actual está lamentablemente marcado, además de por los fenómenos negativos a nivel social y económico, también por un debilitamiento de la esperanza, por una cierta desconfianza en las relaciones humanas, de modo que crecen los signos de resignación, de agresividad, de desesperación. El mundo en el que vivimos, corre el riesgo de cambiar su rostro a causa de la acción no siempre sabia del hombre, quien en lugar de cultivar su belleza, explota sin conciencia los recursos del planeta a favor de unos pocos y con frecuencia desfigura las maravillas naturales. ¿Qué es lo que puede volver a dar entusiasmo y confianza, qué puede animar al alma humana a encontrar el camino, a levantar la mirada hacia el horizonte, a soñar una vida digna de su vocación? ¿No es acaso la belleza? Sabéis bien, queridos artistas, que la experiencia de lo bello, de lo auténticamente bello, de lo que no es efímero ni superficial, no es accesorio o algo secundario en la búsqueda del sentido y de l a felicidad, porque esa experiencia no aleja de la realidad, más bien lleva a afrontar de lleno la vida cotidiana para liberarla de la oscuridad y transfigurarla, para hacerla luminosa, bella.



Una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya expuesta por Platón, consiste en provocar en el hombre una saludable "sacudida", que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le "despierta", abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto. La expresión de Dostoyevski que voy a citar es sin duda audaz y paradójica, pero invita a reflexionar: "La humanidad puede vivir --decía-- sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí". Se hizo eco de sus palabras el pintor Georges Braque: "El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza". La belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le don a la valentía de vivir hasta el final el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente, no consiste en una fuga irracional o en un mero esteticismo.


Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano. Juan Pablo II, en la Carta a los Artistas, cita, en este contexto, este verso de un poeta polaco, Cyprian Norwid: "La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir" (n.3). Y más adelante añade: "En cuanto búsqueda de la belleza, fruto de una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo voz de la expectativa universal de redención" (n. 10). Y en la conclusión afirma: "La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente" (n. 16).


Estas ultimas expresiones nos llevan a dar un paso adelante en nuestra reflexión. La belleza, desde la que se manifiesta en el cosmos y en la naturaleza hasta la que se expresa a través de las creaciones artísticas, a causa de su característica de abrir y ampliar los horizontes de la conciencia humana, de llevarla más allá de sí misma, de asomarla al abismo de lo infinito, puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios. El arte, en todas sus expresiones, en el momento en el que se confronta con las grandes interrogantes de la existencia, con los temas fundamentales de los cuales deriva el sentido de vivir, puede asumir una validez religiosa y transformarse en un recorrido de profunda reflexión interior y de espiritualidad. Esta afinidad, esta sintonía entre camino de fe e itinerario artístico, se confirma en un incalculable número de obras de arte que tienen como protagonistas los personajes, las historias, los símbolos de aquel inm enso depósito de "figuras" --en sentido amplio-- que es la Biblia, la Sagrada Escritura. Las grandes narraciones bíblicas, los temas, las imágenes, las parábolas han inspirado innumerables obras maestras en cada sector de las artes, así como también, han hablado al corazón de cada generación de creyentes mediante obras de artesanía y de arte local, no menos elocuentes y conmovedoras.


Se habla, en este contexto, de una via pulchritudinis, un camino de la belleza que constituye al mismo tiempo un recorrido artístico, estético, y un itinerario de fe, de búsqueda teológica. El teólogo Hans Urs von Balthasar abre su gran obra titulada "Gloria", una estética teológica con estas sugestivas expresiones: "Nuestra palabra inicial se llama belleza. La belleza es la última palabra que el intelecto pensante puede atreverse a pronunciar, porque ella no hace otra cosa que coronar, cual aureola de esplendor inalcanzable, el doble astro de lo verdadero y del bien y su indisoluble relación". Después observa: "esa es la belleza desinteresada sin la cual el viejo mundo era incapaz de entenderse, pero que se ha apartado de puntillas del moderno mundo de los intereses, para abandonarlo a su oscuridad, a su tristeza. Esa es la belleza que ya no es amada y custodiada ni siquiera por la religión". Y concluye: "Quien, en su nombre, crispa los labios en una sonrisa, juzgándola como

el juguete exótico de un burgués, de éste se puede estar seguro que --secreta o abiertamente-- no es capaz de rezar y, pronto, ni siquiera de amar". El camino de la belleza nos conduce, entonces, a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, Dios en la historia de la humanidad. En este sentido, Simone Weil escribía: "En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello, está realmente la presencia de Dios. Hay casi una especie de encarnación de Dios en el mundo, del cual la belleza es un signo. Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible. Por esto, cada arte de primer orden es, por su esencia, religiosa". Todavía más cáustica es la afirmación de Hermann Hesse: "Arte significa: dentro de cada cosa mostrar a Dios". Haciendo eco a las palabras del Papa Pablo VI, el siervo de Dios Juan Pablo II reafirmó el deseo de la Iglesia de renovar el diálogo y la colaboración con los artistas: "Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte" (Carta a los artistas, n. 12); pero preguntaba inmediatamente después: "¿el arte tiene necesidad de la Iglesia?", animando a los artistas a encontrar en la experiencia religiosa, en la revelación cristiana y en el "gran código" que es la Biblia una fuente de renovada y motivada inspiración.


Queridos artistas, al concluir, quisiera dirigir también yo, como ya lo hizo mi predecesor, un cordial, amigable y apasionado llamamiento. Sois los custodios de la belleza, tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano. ¡Agradeced los dones recibidos y sed plenamente conscientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de comunicar la belleza a través de la belleza! ¡Sed también, a través de vuestro arte, anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad¡ ¡Y no tengáis miedo de relacionaros con la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con quien, como vosotros, se siente peregrino en el mundo y en la historia hacia la Belleza infinita! La fe no quita nada a vuestro genio, a vuestra arte, es más, los exalta y los nutre, los anima a atravesar e l umbral y a contemplar con ojos fascinados y conmovidos la meta última y definitiva, el sol sin crepúsculo que ilumina y hace bello el presente.


San Agustín, cantor enamorado de la belleza, reflexionando sobre el destino último del hombre y como comentando ante litteram la escena del Juicio que tenéis hoy ante vuestros ojos, escribía: "Gozaremos, entonces de una visión, hermanos, nunca contemplada por los ojos, ni oída por los oídos, nunca imaginada por la fantasía: una visión que supera todas las bellezas terrenas, la del oro, la de la plata, la de los bosques y de los campos, la del mar y del cielo, la del sol y la luna, la de las estrellas y los ángeles; la razón es ésta: es la fuente de cualquier otra belleza" (In Ep. Jo. Tr. 4,5: PL 35, 2008).

Os deseo a todos vosotros, queridos artistas que llevéis en vuestros ojos, en vuestras manos, en vuestro corazón ésta visión, para que os dé alegría e inspire siempre vuestras bellas obras. Mientras os bendigo de corazón, os saludo, como lo hizo Pablo VI, con una palabra: ¡Hasta pronto!

lunes, 28 de septiembre de 2009


"Si el no comprometerse ha sido siempre algo inacpetable, el tiempo presente lo hace aún más culpable".

El mexicano conservó muchas de las características y tradiciones de su pueblo autóctono pero adoptó las costumbres, los conocimientos y los avances del nuevo continente. Muy por encima de todas estas cosas, el mexicano recibió de manos de sus padres españoles, y con el apoyo del amor maternal de la Virgen de Guadalupe, la religión católica.

La cultura que venía del otro lado del Atlántico trajo para los nativos de neustra tierra azteca la esperanza a través del conocimiento y enamoramiento de un Dios que no conoce mejor sacrificio que el ofrecimiento de al sangre de su propio Hijo para la redención de los pecados.

la época colonial presentó para el mexicano un florecimiento de las artes, la cultura y la ciencia mirando siempre la figura de Cristo como principal motor de todos los adelantos; mirar a esa época hoy nos exige recordar la epopeya de los grandes misioneros y evangelizadores que convirtieron esa tierra virgen en la nación cristiana de la que ahsta la fecha nos enorgullecemos y a la que Su Santidad Juan Pablo II llamó "siempre fiel" a finales de los años 70.

Con el paso del tiempo nuestra patria ha sufrido el embiste de todas las ideologías y corrientes de pensamiento falsas y se ha contaminado de ellas no solo en sus letras y en sus expresiones culturales sino inclúso en todos los medios y métodos de comunicación moderna.

Con distintos nombres pero un mismo objetivo las múltiples armas del secularismo moderno nosa han invadido y pretenden pudrir el corazón de los mexicanos envenenándolo con mentiras... desafortunadamente lo están consiguiendo: violencia, delincuencia, injusticia, pobreza extrema, pornografía, abuso de poder, abuso de menores, erotismo desenfrenado, adicciones; los medios de comunicación social y las expresiones culturales y artísticas modernos se han convertido en serviles portavoces de estas antaño aborrecidas manifestaciones de lo qeu Juan Pablo II ha denominado "La Cultura de la Muerte".

El pecado se ha convertido en un atractivo estilo de vida perfectamente "adaptable" a la vida del hombre atado al secularismo moderno, mientras tanto los católicos creemos que es suficiente censurar y clasificar el contenido el contenido amoral y destructivo de esats expresiones culturales de nuestro tiempo... pero estamos perdiendo la batalla.

Mientars el mal avanza la pregunta que hace Su Santdiad Juan Pablo II se hace cada vez más inquietante: "¿Encuentra todavía Cristo un lugar en los medios tradicionales de comunicación?".

"La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo" dice el documento Evangelii Nuncandi, "de ahí que hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura , o más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el encuentro con la Buena Nueva".


Dirigir la mirada a las construcciones coloniales de nuestro entorno mexicano, exige recordar el importa papel que el mundo español aportó a México durante la gestación de nuestro país. Las catedrales, las iglesias, los conventos, los monasterios, las casas, los palacioes que en muchos lugares de México se conservan como parte importantísima de nuestro patrimonio nos recuerdan el momento histórico en que el pueblo nativo de esta región y el conquistador del nuevo continente unieron su sangre para dar vida al hombre mexicano

lunes, 20 de julio de 2009